ESTUDIANTES
Autora: Yamile Amparo García Bustamante
Resumen:
Este texto reflexiona acerca de la relevancia de la escuela como lugar para la construcción de paz en un contexto global caracterizado por conflictos armados, polarización y ataques contra la educación. Se estudia la vulnerabilidad de los procesos de convivencia y el efecto que la violencia tiene en las instituciones educativas, los docentes y los estudiantes, desde la perspectiva de una paz imperfecta. En este contexto se examina cómo las escuelas han dejado de ser únicamente víctimas colaterales de la guerra para convertirse en objetivos estratégicos de distintos actores armados. Esta circunstancia impacta negativamente el desarrollo de comunidades enteras y limita el ejercicio de derechos fundamentales. El texto también aborda iniciativas como la Declaración sobre Escuelas Seguras y recuerda vivencias de resistencia relacionadas con la educación, como las de Malala Yousafzai y diversas representaciones artísticas de escuelas abandonadas por la violencia. Estas experiencias nos permiten afirmar que defender la escuela significa proteger la posibilidad del encuentro, el aprendizaje y la esperanza, entendidos como condiciones esenciales para la construcción cotidiana de la paz.
Palabras clave: paz imperfecta, educación, escuela, conflicto armado, construcción de paz.
¡Nos vemos en la escuela!
“He pintado la paz”
Tenía una caja de colores brillantes,
decididos, vivos.
Tenía una caja de colores,
algunos cálidos, otros muy fríos.
No tenía el rojo
para la sangre de los heridos.
No tenía el negro
para las lágrimas de los huérfanos.
No tenía el blanco
para las manos y el rostro de los muertos.
No tenía el amarillo
para la arena ardiente,
sin embargo tenía el naranja
para la alegría de la vida,
y el verde para los brotes y los nidos,
y el azul de los cielos claros y resplandecientes,
y el rosa para los sueños y el descanso.
Me he sentado y he pintado la paz.
—Gianni Rodari
¡Nos vemos en la escuela! ¿Más tarde o mañana? ¿Tal vez, acaso, en el futuro? Esta cita esconde la promesa de una reunión que augura un espacio de diálogo, de crecimiento, de encuentros y desencuentros mediados por la razón y la esperanza propios del entorno académico. Sin embargo, el momento histórico que vivimos parece encaminarse hacia escenarios cada vez más inciertos, y esta promesa de encuentro en las aulas, en muchos lugares del planeta, hoy se ve amenazada o aplazada indefinidamente.
Las garantías del mundo posmoderno, con sus avances tecnológicos y la confianza en el pensamiento racional que deberían aproximarnos al desarrollo igualitario, no son garantes de la existencia de un entorno educativo donde prime la paz. Muy al contrario, la persistencia de la violencia en nuestras sociedades amenaza el horizonte de transformación social bajo la égida de procesos autoritarios, fundamentalistas, populistas y polarizantes; y con estos, la construcción de paz, en un escenario de aceptación de la diferencia, convivencia y avance democrático respaldado por la educación, resulta cada vez más confusa y dolorosa. Generaciones perdidas, niños y jóvenes atrapados en ciclos de pobreza, traumas psicosociales y pérdida de potencial humano son algunas de las consecuencias lógicas de los sucesivos ataques a la educación.
Entendemos la paz como una construcción colectiva cuya condición de respeto y aceptación de la diferencia representa, no obstante, un objeto frágil en permanente riesgo. Desde la acepción de la paz entendida como pausa de la guerra, partimos de la tangible posibilidad de retorno a esta, en la que:
el concepto de Paz obedece a la necesidad de frenar la Guerra cuando esta última aparece como práctica y, probablemente, también como concepto. El horror de la guerra debía ser explicado y también relacionado con un horizonte de esperanza en que aquella no existiera. (Muñoz, 2001, p. 5).
Más aún cuando las relaciones entre poder y violencia «ponen de relieve el hecho de que hay un nexo que une lo político y lo militar. El fulcro en torno al cual gravitan las relaciones entre lo político y lo militar es que ambos métodos no son sino estrategias diferentes para apropiarse de un mismo recurso: el poder» (Harto de Vera, 2016). Esta fábrica de enemigos, de maquinaciones perversas alrededor de antiguas disputas territoriales o ideológicas, o de la exacerbación de cualquier diferencia convertida en elemento insoslayable, nos conduce a la inquietante idea de una especie que se considera superior mientras lucha por exterminarse a sí misma. En este escenario, habitar el conflicto significa transitar los peligrosos entresijos de las disputas políticas, económicas, religiosas y culturales que atraviesan la mayoría de los continentes. Lejos de ser un escenario para la violencia, la escuela se ha querido y concebido históricamente como un espacio privilegiado para la convivencia; más, esta fragilidad de la paz se manifiesta de manera especialmente visible cuando los conflictos armados alcanzan espacios que históricamente han sido concebidos para la protección y el aprendizaje. Según O’Malley (2018),
Ante todo, la escuela es el instrumento para brindar a los niños una educación que les permita construir su propio futuro, el de sus comunidades y el de su país. Sin embargo, los ataques contra ella han consistido en bombardear e incendiar escuelas y universidades, así como en asesinar, agredir físicamente, secuestrar, torturar y detener ilegalmente a escolares, estudiantes, maestros y profesores universitarios. (web)
En consecuencia, en el Resumen Ejecutivo de Ataques a la Educación 2024 es fácil identificar que las categorías de países afectados, gravemente afectados y muy gravemente afectados responden, en gran medida, a contextos donde los Estados no han logrado consolidar e implementar procesos de paz duraderos —como Colombia en América, Palestina en Medio Oriente o Sudán y Sudán del Sur en África— o a escenarios de guerras recurrentes y prolongadas —como Ucrania en Europa, Pakistán, Afganistán y Yemen en Medio Oriente—. El informe identificó “cerca de 6.000 ataques contra la educación y casos de uso militar de escuelas y universidades durante los años 2022 y 2023” (Coalición Global para Proteger la Educación de Ataques, 2024), que afectaron a más de 10.000 estudiantes, docentes y trabajadores del sector educativo. Palestina, Ucrania, la República Democrática del Congo y Myanmar registran algunos de los niveles más elevados de afectación; en estos lugares “los ataques contra escuelas y universidades tuvieron como consecuencia estudiantes o educadores muertos o heridos, mientras que en otros fueron objeto de secuestros o arrestos, o sufrieron daños durante el trayecto hacia o desde la escuela o la universidad” (Coalición Global para Proteger la Educación de Ataques, 2024). A ello se suman prácticas como el reclutamiento de menores en entornos escolares, la ocupación militar de instalaciones educativas y la violencia basada en género dirigida contra estudiantes y maestras, fenómenos que evidencian cómo la escuela se convierte en un espacio disputado por los actores armados. De esta manera, la educación deja de ser únicamente una víctima colateral de los conflictos para convertirse en un objetivo estratégico, pues atacar la escuela significa también fracturar los procesos de socialización, memoria, desarrollo comunitario y construcción democrática que ella representa.
En consonancia con el ODS 16 de las Naciones Unidas: “promover sociedades pacíficas e inclusivas, facilitar el acceso a la justicia para toda la población y crear instituciones eficaces, responsables e inclusivas a todos los niveles” (Naciones Unidas, s. f.), la Declaración sobre Escuelas Seguras, promovida por Noruega y Argentina ante las Naciones Unidas en 2015, propone que “una educación sensible al conflicto evita contribuir a los conflictos y persigue hacer una aportación a la paz. La educación es fundamental para el desarrollo y pleno disfrute de los derechos humanos y las libertades fundamentales” (Coalición Global para Proteger la Educación de Ataques, 2015). Esta respuesta nos aproxima a la necesidad de blindar a los estudiantes como uno de los grupos más vulnerables frente a la violencia. En el fondo, la Declaración reconoce algo que parece evidente y que, sin embargo, la guerra insiste en negar: que una escuela no debería ser un objetivo militar ni un escenario de disputa. Allí donde se aprende a leer, a preguntar y a convivir, debería existir una tregua mínima capaz de sustraerse a la lógica de las armas. La iniciativa busca precisamente preservar ese espacio, impedir que los salones de clase se conviertan en trincheras o cuarteles improvisados y garantizar que niños, jóvenes y maestros puedan continuar habitando la escuela sin que ello implique arriesgar la vida. Más que proteger edificios, se trata de proteger la posibilidad del encuentro, del aprendizaje y de la esperanza. Porque cada escuela que permanece abierta en medio del conflicto constituye también una forma de resistencia frente a quienes pretenden imponer el silencio, el miedo o la destrucción como única respuesta posible.
En este contexto, la figura de Malala Yousafzai adquiere una relevancia simbólica y política fundamental. Su historia, marcada por la persecución y el atentado sufrido por defender el derecho de las niñas a asistir a la escuela, revela hasta qué punto la educación puede convertirse en un acto de resistencia. En su discurso al recibir el Premio Nobel de la Paz, Malala reivindicó el libro y el lápiz como herramientas capaces de desafiar la ignorancia, el extremismo y la opresión. Su voz representa la de millones de niños y niñas para quienes asistir a clase continúa siendo un acto de valentía y una forma cotidiana de resistencia. Por su parte, artistas como Manuel Echavarría y Fernando Grisalez recorren el territorio colombiano identificando escuelas primarias abandonadas como consecuencia del conflicto armado. La serie Silencios (2007-2020) remite al hecho de que “una escuela tiene una connotación especial, ya que evoca a contrario las voces y gritos que caracterizan estos espacios en cualquier parte del mundo. Esta manera otra de representar aulas, es decir vacías, interpela por lo tanto nuestro inconsciente y nuestro imaginario” (Estripeaut-Bourjac, 2017, p 65). Del mismo modo, el fotorreportero Diego Ibarra Sánchez ha recorrido Siria, Líbano y Pakistán registrando escuelas y universidades vacías desde las que denuncia la ausencia de quienes deberían habitarlas. Son imágenes atravesadas por el miedo, por la huella de la violencia y por la amenaza constante que pesa sobre quienes desean ejercer algo tan elemental como aprender.
¿Dónde nos vemos? Insistiremos en la escuela como un territorio de crecimiento y esperanza. Allí donde las armas buscan imponer una única verdad, la educación abre el espacio para la pregunta, la duda y el diálogo; allí donde la guerra fragmenta comunidades enteras, la escuela crea vínculos, memoria y futuro. Los salones vacíos registrados por artistas y fotoperiodistas no representan únicamente la ausencia de estudiantes y maestros, son la imagen de un proyecto colectivo interrumpido, de una promesa de encuentro suspendida por la violencia. Cada pupitre abandonado, cada tablero cubierto por el polvo y cada patio en silencio recuerdan el costo humano de los conflictos armados y de las múltiples formas de violencia que continúan amenazando el derecho a la educación.
Por ello, la defensa de la escuela trasciende la protección física de un edificio o de una institución. Se trata de salvaguardar la posibilidad misma de imaginar un mundo distinto, de garantizar que las nuevas generaciones puedan construir horizontes de vida alejados de la exclusión, el miedo y la guerra. Tal vez la paz no sea una condición definitiva ni un estado plenamente alcanzable, sino una construcción imperfecta, siempre inacabada y permanentemente expuesta a tensiones y retrocesos, ya que en esa fragilidad reside también su potencia, la paz se construye todos los días mediante acciones concretas, acuerdos parciales y prácticas cotidianas de convivencia que encuentran en la educación uno de sus escenarios privilegiados. Quizá insistimos en la escuela porque, como en el poema de Rodari, seguimos necesitando colores para los brotes, los nidos y los sueños, incluso cuando el mundo parece empeñado en ofrecernos únicamente los colores de la destrucción.
Volvemos entonces a las preguntas iniciales: ¿más tarde o mañana? ¿Acaso en el futuro? Frente a un presente atravesado por conflictos armados, desplazamientos forzados y ataques sistemáticos contra la educación, responder a esta pregunta supone también asumir una responsabilidad ética. Mientras existan maestros dispuestos a enseñar, estudiantes empeñados en aprender y comunidades decididas a proteger sus escuelas, seguirá siendo posible pintar la paz. Entonces, cuando volvamos a preguntarnos dónde habremos de encontrarnos, la respuesta seguirá siendo la misma: nos vemos en la escuela.
Referencias
Coalición Global para Proteger la Educación de Ataques. (2015). Declaración sobre Escuelas Seguras [Documento oficial]. https://protectingeducation.org/wp-content/uploads/documents/documents_spa_safe_schools_declaration_21_05_2015.pdf
Coalición Global para Proteger la Educación de Ataques. (2024). La educación bajo ataque 2024: Resumen ejecutivo. Protecting Education from Attack. https://protectingeducation.org/wp-content/uploads/eua_2024_execsum_sp.pdf
Estripeaut-Bourjac, M. (2017). Los silencios de Juan Manuel Echavarría, una simbólica de la ausencia. Trayectorias Humanas Trascontinentales, (1), 62-73. https://doi.org/10.25965/trahs.353
Harto de Vera, F. (2016). La construcción del concepto de paz: paz negativa, paz positiva y paz imperfecta. Cuadernos de Estrategia, 183, 119–146). Ministerio de Defensa.
Muñoz, F. A. (2001). La paz imperfecta. Universidad de Granada.
Naciones Unidas. (s. f.). Paz y justicia. Desarrollo Sostenible. https://www.un.org/sustainabledevelopment/es/peace-justice/
O'Malley, B. (2018, 2 de febrero). Cuando ir a la escuela es un acto heroico. El Correo de la UNESCO. https://courier.unesco.org/es/articles/cuando-ir-la-escuela-es-un-acto-heroico
¡Nos vemos en la escuela!






